Tal como hemos señalado en otras ocasiones, el escribir sobre los temas de nuestro pueblo, tiene el problema que vamos dejando “ islas” en medio del mar, de la información.
No hay casi Noticias oficiales de este topónimo, relacionado directamente con el uso de molienda. Sólo en los Libros de Amillaramiento del Siglo XIX ( 1860,70 y 80) figura como un diseminado de Laguarta, compuesto por dos casas habitadas y sobre los 20 habitantes entre las dos.
En el Nomenclátor de la Provincia de Huesca, referido al 31 de Diciembre de 1930 del Instituto Geográfico, Catastral y de Estadística, figuran los siguientes datos :
“ Los Molinos. Clase : Caserío. Edificios Viviendas 2, Otros 1
Total habitantes. Caserío 1 son 6. Caserío 2, son 6. Total 12. Pertenencia Laguarta,
Término
Municipal Secorún.
“Secorún , integrado por
Abellada, Aineto, Alastrué, Albás, Arbisa, Azpe, Bail, Bara, Bentué de Nocito,
Bescos, Bibán, Binueste, Cañardo, Ceresola, Espín, Fablo, Fanlillo, Fenillosa,
Gillué, Iberque, Laguarta, Matidero, Miz, Molino-Escartín, Molinos Los, Orús,
San Juan Castiello, Santa María de Perula, Secorún, Sobas, Torre del Portillo,
Torrolluala del Obico, Torruella de la Plana, Used, Vibán, Villacampa y
Diseminados.”
Total 221 viviendas, 344 edificios de otros usos y
1.416 habitantes de derecho”
Nota. Hemos respetado la grafía
del documento.
Las
comparaciones, son odiosas con la realidad actual. Secorún fue sustituido en la
capitalidad por Laguarta, como hemos contado. De esos habitantes, pasamos a
casi desaparecer.
Pero el siglo
XIV, con su peste, la reducción de población, las malas cosechas , las
hambrunas, las guerras y el bandolerismo significó la desaparición del núcleo
principal. De igual forma en momentos de gran inestabilidad, quedaban las
edificaciones, los almacenes de grano y harina, lejos del núcleo fuerte.
Ello supuso
que cuando se rehace Laguarta, donde ahora está, lleva consigo la construcción
del Molino que esta junto al Pueblo en el Barranco de San Salvador. Cercano al
núcleo de población, defendible, almacenable el grano y la harina en lugar
fortificado. Ante la ausencia de mucho dinero o valores de joyas, estos
elementos y el ganado, eran el mayor objeto de pillajes y objetivo militar.
Lo
anterior significó que poco a poco fue perdiendo importancia “Los Molinos” junto al Guarga. Primero
despoblados con la situación del siglo XIV y luego recuperados con la expansión
del siglo XVIII, pero más como “caseríos
dispersos” centro productivo
primario autónomo. Es cuando empiezan a existir los datos de un uso continuado.
Lugar de labranza, ganadería, con su propio horno y suponemos que resistiendo
la molienda, hasta que no fuese rentable mantener dos centros tan cercanos y
sólo sobrevive el nuevo.
Las dos
casas existentes, están vinculadas originalmente a la familia Villacampa y a
los diferentes acuerdos sobre el uso de la tierra.
Si salimos
de Laguarta por el Camino de Matidero, por detrás de Casa de Pablo, desde la
Carretera actual, descenderemos durante medio kilómetro para tomar el camino
que lleva a los Molinos. El paisaje esta modelado por el hombre. Desde este
camino hasta el que luego sube hasta la curva del Cementerio, existen tres
barrancos y numerosas fuentes, hasta el cauce del Guarga.
Originalmente fue un gran bosque mixto, compuesto por robles y pinos. Fue cortado en fajas, delimitado con muros de piedra y rellenado allí donde el suelo era escaso. Por sus condiciones de orientación solar, la abundancia de agua en el suelo y la geomorfología, fue terreno ideal para cereal y nabo. Luego también patatas y otros cultivos. Con alguna caseta de piedra entre ellos, donde refugiarse.
Por la cercanía al pueblo, por estar
diferenciado de las zonas de huerta , situadas junto al núcleo urbano y el
riego, era la mejor zona de cultivo regular de Laguarta. Accesible, cómoda y
luego utilizable para el pastoreo, incluso como boalar.
Para sujetar las paredes, junto a los
caminos de piedra a los lados, se ubicaron robles autóctonos, que delimitaban,
sujetaban y eran una base más de la economía. Son los que llamamos “cajigos” (Querqus cerroides) , robles de hoja caduca
y lento crecimiento, que también forman parte de nuestra vida ancestral.
De ellos como en el “cochín” se utilizaba
todo. El fruto, la bellota (glan) servía de base a la alimentación del ganado
y los animales salvajes. También se utilizaba como harina en cocina o para
fermentada para elaborar una bebida alcohólica, que nos vincularía con los
druidas y con sus poderes mágicos.
Las hojas y los brotes, sirvieron para
recetas medicinales, que aseguraban limpiaban pulmones y malos aires. Su madera
es otro mundo. Cuando era posible, se hacía con un secado adecuado las vigas
más duraderas, útiles de labranza y aperos. De los menudos e inútiles para
estos usos, por pequeños, por grandes, o por irregulares se hacía la leña.
Alimentaba los hogares primero y luego las cocinas ahora llamadas económicas
que trajo el siglo XX. Sólo descanso su utilización con la llegada de las
bombonas de butano, para cocinar.
Pero como era un bien muy valorado, nuestro
“cajigo”, el ingenio hizo que se buscase una estrategia para durar. Esta era
muy sencilla, en vez de andar cortando los árboles, que tardaban mucho en
volver a crecer, era mejor podar (esmochar). De esta forma desde
una altura sobre la cabeza del que medía (distinta vara) se “esmochaban“ las
ramas más largas y se utilizaban.
Si había que esperar que creciese un roble
para ser utilizado, por lo menos hacia falta 30 años. Mientras que con este
sistema a los diez años se podía volver a cortar y quedaba el tronco matriz,
cada vez más grueso y productivo.
Estos troncos cada vez, se hacían más
gruesos y con formas más diferenciadas, por las cortas, pero cada vez producían
más y en menos tiempo.
Este es el origen de los “robles milenarios” que se sitúan junto a
los caminos que llevan a “los Molinos”
o nos permiten regresar de ellos sin volver a pasar por el mismo sitio, o están
situados en las paredes de los campos.
Algunas publicaciones y artículos los
definen como “milenarios”.
Hasta la fecha nadie ha hecho el pequeño taladro ( sólo lo puede realizar un
Técnico, para no poner en peligro el árbol), por lo cual no sabemos si es
cierto o no.
Lo que es cierto es que algunos restos de
troncos, de algunos cortados hace unos años (y no son los mayores), permiten
contar los anillos y llegar hasta más de 500 años. Pero este es un dato
anecdótico. Es seguro que algunos de ellos han visto pasar generaciones y
generaciones, vieron los acontecimientos del siglo XIV, vieron como cada vez
caras diferentes los ”esmochaban”, han conocido diferentes climas, compañías
….y saben mucho. Tienen muchas historias en su memoria, que están deseando transmitir.
Por ello te aconsejamos, que te pierdas
entre sus caminos, contemples sus formas, veas las especies vegetales o
animales asociadas, escuches el aire entre sus ramas y dejes que te cuenten sus
historias…. que sucedieron entre amaneceres preciosos, atardeceres con los
colores más bonitos o bajo unas estrellas brillantes. Que ahora han descubierto que este es uno de
los mejores sitios para mirarlas. Para nosotros no es nada nuevo, como nuestros
“Cajigos” que no puedes abrazar, por lo grandes que son en todos los sentidos,
pero ellos te abrazan sólo con mirarlos con tranquilidad.
Texto: Pedro Marín
Fotografías: Karlota Albás